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"Síndrome postvacacional" ¿es o no es?

El Dr. Albert Majó Ricart, médico especialista en Psiquiatría, ejerce su actividad profesional en Centro Médico Teknon. Nos explica su visión del mal llamado síndrome postvacacional y los motivos por los cuales hay que asumir la vuelta al trabajo como algo normal que forma parte de la vida.

Volver a la rutina laboral, después de vacaciones, se ha etiquetado con el nombre de un falso síndrome, llamado el síndrome postvacacional. Al margen de las consideraciones nosológicas acerca de lo que es un síndrome, este "síndrome" es una sobrevaloración de un fenómeno normal, cuya entidad como patología no tiene base científica.

Hombre vestido de traje mirando un escenario de vacaciones


Es probable que ello responda a la necesidad de la opulenta sociedad occidental de etiquetar todo aquello que padece. Y por tanto parte de su filosofía de vida al interpretar de forma negativa los cambios. Todas las personas tienen su manera particular de procesar dichos cambios, que dependen de las estrategias de afrontamiento de cada cual, y en si mismos no son un proceso negativo aunque siempre requieran cierto esfuerzo.


Si consideramos todos los procesos de adaptación como negativos y generadores de patología, las consultas psiquiátricas y psicológicas estarían abarrotadas, no solo tras las vacaciones para tratar el susodicho "síndrome" sino también -haciendo una reducción al absurdo- tras las cortas vacaciones de Semana Santa o los lunes. O bien se atenderían multitud de casos porque los padres sufren cuando sus niños se incorporan a la guardería o al colegio, o van a la piscina o inician un nuevo curso. Y sin embargo todos los padres experimentamos un pequeño cambio cuando suceden estas cosas y una cierta preocupación porque todo vaya bien. ¿Patología entonces? No, puramente los cambios que la vida trae con el devenir del tiempo.


Es evidente que a la mayoría de nosotros (aunque no a todas, pero este es otro tema, el de la "adicción al trabajo") nos gustan las vacaciones: se rompe la estricta rutina, los condicionamientos sociales son diferentes -hay que decir que a veces tampoco relajados-, también los horarios de comida son mas laxos, se trasnocha y se siestea, cambiando el patrón de sueño. Todo produce un cambio en los biorritmos corporales con respecto a los propios de la rutina laboral, por ello es posible que algunas personas experimenten reacciones somáticas leves al volver a incorporarse al día a día del trabajo. Pero nada que requiera abordaje farmacológico ni siquiera psicológico, mas allá del sentido común, tan sencillo como reanudar hábitos de alimentación, sueño y en la medida de lo posible reincorporarse a esas rutinas de manera paulatinaEste enlace se abrirá en una ventana nueva. También es esperable cierto fastidio, que se irá desvaneciendo con mayor prontitud cuanto mas gratificantes sean las tareas que emprendemos.


Es cierto que una parte de la población sufrirá más con la vuelta al trabajo, pero en estos casos casi siempre nos hallamos ante un tema de patología previa, sirvan como ejemplo:

Personas que están sufriendo una problemática laboral concreta, ya sea mobbing / acoso o un nivel acusado de estrés en el trabajo (este puede ser a su vez por muchas razones). El alivio que significó las vacaciones se desvanece como humo y se reactivan los síntomas que generaba la situación subyacente. Personas que sufrían una enfermedad previa, ya sea un cuadro depresivo o un trastorno de ansiedad. Durante las vacaciones puede mitigarse los síntomas en alguna medida, una ligera mejoría que se desmorona con la vuelta al trabajo.


Por otra parte, imaginemos la angustia o el estrés de no volver al trabajo, porque no lo tienes. Y no solo me refiero exclusivamente al aspecto económico, sino a sentirse útil, integrado, ocupado, satisfecho de aquello que uno lleva a cabo.


Por último quisiera hacer hincapié a una idea: La paradoja de conceder entidad a una reacción normal de adaptación hablando de ella como patológica, cuando por otra parte se banaliza la importancia de muchas afecciones psiquiátricas y además se estigmatiza a las personas que las sufren. Ello podría acarrear una consecuencia nefasta: que aquellos que lo necesitan no acudan a buscar ayuda por temor a ser señalados y desautorizados. Cuando a la vez se está "promocionando" un "síndrome" que ni merece tal apelativo, ni tratamiento de ningún tipo, ni a mi entender tratamiento mediático alguno.


Mi conclusión sería que hay que evitar medicalizar, psicologizar o psiquiatrizar la vida cotidiana. Pero hay que esforzarse en informar acerca de las auténticas patologías y riesgos para la salud mental, con rigor, base científica, empatía y sin mercantilismos. Y también merced a esa información luchar contra el estigma que arrastran las personas con patologías psíquicas, ya que sufren doblemente, por su enfermedad y por el desdén social.

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