¿Cómo se establece la causa de la aparición de adenopatías?

Una historia clínica y un examen físico cuidadosos, más que la realización de exploraciones sofisticadas, son esenciales en la evaluación diagnóstica de un síndrome adenopático. Así, el tener en consideración la edad del paciente, la localización, las características y el tiempo de instauración de las adenopatías, la presencia de signos y síntomas asociados a estas y la existencia o no de esplenomegalia (aumento del tamaño del bazo), permite en la mayor parte de las ocasiones establecer un diagnóstico clínico tras llevar a cabo tan sólo un reducido número de exploraciones y obviar, de esta forma, la realización de una biposia ganglionar.

La edad del paciente, más que ningún otro factor, se ha correlacionado estadísticamente con la posibilidad de que un síndrome adenopático sea de origen neoplásico; así, mientras que los pacientes jóvenes con adenopatías son portadores, por lo general, de enfermedades infecciosas, a partir de los 50 años la posibilidad de que las adenopatías correspondan a un proceso neoplásico se incrementa notablemente. Por otra parte, la sintomatología que aqueja el paciente, sus hábitos tóxicos o la toma de ciertos fármacos relacionados con el desarrollo de enfermedad del suero (alopurinol) o de pseudo-linfomas (fenitoína) pueden ser reveladores de detalles que en ocasiones resultan clave para orientar el diagnóstico, a modo de ejemplo: la denominada sintomatología B (fiebre, pérdida de peso y sudación nocturna) es propia de los síndromes linfoproliferativos, el prurito y el dolor de las adenopatías al tomar bebidas alcohólicas sugieren la existencia de un linfoma de Hodgkin, y el tabaquismo en un paciente con una adenopatía látero-cervical solitaria apunta hacia la posibilidad de un cáncer de cabeza y cuello.

La exploración física dará cuenta de si las adenopatías se hallan localizadas o, si por el contrario, son generalizadas y se asocian a esplenomegalia (aumento del tamaño del bazo). El síndrome adenopático generalizado con o sin esplenomegalia indica la existencia de un proceso sistémico que puede ser de origen infeccioso (mononucleosis infecciosa, citomegalovirus, virus de la inmunodeficiencia humana, infección por micobacterias, toxoplasmosis), auto-inmune (lupus eritematoso sistémico) o neoplásico (por lo general, síndromes linfoproliferativos crónicos como la leucemia linfática crónica o el linfoma folicular). Las adenopatías localizadas se hallan frecuentemente relacionadas con procesos infecciosos de la región anatómica de la que forman parte el drenaje linfático, con la excepción de las escalénicas y las supraclaviculares –el paradigma de las cuales es el ganglio de Virchow- por el hecho de que recogen el flujo linfático de los pulmones y del espacio retroperitoneal- y traducen, por lo general, la existencia de neoplasias de origen pulmonar, linfático o gastrointestinal. La consistencia de un ganglio linfático, su grado de adherencia a planos profundos y el dolorimiento de este, ya sea espontáneo o desencadenado por su palpación, constituyen datos que podrían considerarse como "clásicos" en la interpretación diagnóstica de un síndrome adenopático. El dolor, producto de una distensión de la cápsula ganglionar desencadenada por el crecimiento rápido del tejido linfático subyacente, indica habitualmente la existencia de un proceso inflamatorio; los ganglios indoloros, por el contrario, apuntan más hacia enfermedades neoplásicas, ya sean linfomas, caso de ganglios móviles y de consistencia elástica, o metástasis ganglionares de tumores "sólidos", caso de aquéllos de consistencia pétrea firmemente adheridos a planos profundos. El tamaño del ganglio linfático se ha relacionado, al igual que la edad, con la posibilidad de que su origen sea benigno o maligno, habiéndose utilizado para elaborar algoritmos que permitan decidir cuando realizar una biopsia ganglionar.