¿Cuál es el tratamiento de la leucemia linfática crónica?

Debido a la variabilidad en el pronóstico, las dos preguntas que se plantean ante cualquier paciente con leucemia linfática crónica son: ¿debe el paciente ser tratado? Y, en caso afirmativo, ¿cómo?

Puesto que los enfermos con leucemia linfática crónica pueden permanecer libres de síntomas y con muy buen estado general durante mucho tiempo, sólo deben tratarse aquellos en los que la enfermedad da lugar a síntomas o muestra signos inequívocos de progresión.

En cuanto al tratamiento propiamente dicho, en la última década se han producido importantes avances merced, sobre todo, a la introducción en el arsenal terapéutico de fármacos como los análogos de la purinas y anticuerpos monoclonales. Así, mediante el empleo de anticuerpos monoclonales (por ejemplo, anticuerpos anti-CD20 como el rituximab) en combinación con análogos de las purinas (por ejemplo, fludarabina) y otros fármacos (por ejemplo, ciclofosfamida, mitoxantrona) es posible conseguir un 40-60% de remisiones completas. Más importante todavía es que en muchas de estas remisiones no es posible detectar células leucémicas residuales ni siquiera empleando técnicas moleculares o citofluorométricas altamente sensibles. La trascendencia de este hecho estriba en que los enfermos en los que se erradica la enfermedad tienen una supervivencia mucho más prolongada que aquellos en los que esto no es así.

El pronóstico de los pacientes que no responden a los nuevos tratamientos es, por desgracia, malo. Sin embargo, existen una serie de alternativas para el tratamiento de estos enfermos. Así, los pacientes con del(17p) que, como se ha apuntado más arriba, son resistentes a los tratamientos convencionales, pueden responder a un anticuerpo monoclonal anti-CD52 (alemtuzumab) e incluso, debido a su mal pronóstico, son candidatos a recibir un trasplante alogénico de medula ósea, con los que paulatinamente se están alcanzados mejores resultados y con menor morbi-mortalidad.

En conclusión, la leucemia linfática crónica ha dejado de ser una enfermedad para la que apenas hace unos pocos años existían posibilidades terapéuticas para convertirse en un paradigma de la moderna oncología, en la que la enfermedad si bien no siempre se cura, sí puede convertirse en un proceso "crónico" de larga evolución y que interfiere poco con la calidad y esperanza de vida de los enfermos.