Sólo un 10% de las lumbalgias necesitan tratamiento quirúrgico. El 85% se curan con tratamiento conservador en 2-3 semanas. Además hay hasta un 30% de discordancia entre los síntomas y lo que se observa en las exploraciones (TAC -ESCANNER- RESONANCIA) de modo que hay personas con exploraciones normales que tienen dolor y personas con exploraciones alteradas que no tienen dolor. Por ello hay que ser prudente antes de decidir operarse sin antes haber recibido otras terapias (fisioterapia, educación postural, infiltraciones epidurales...) o una segunda opinión.
Tal como decíamos, la evidencia de que determinadas personas operadas de la espalda continúan con dolor ha hecho aumentar la prudencia en la indicación de una solución quirúrgica. Actualmente existen técnicas microinvasivas que permiten eliminar o remodelar un disco intervertebral que esté comprimiendo una raíz nerviosa (discolisis) o quemar dicha raíz (radiofrecuencia) para eliminar o reducir la sensación dolorosa.
Consiste en la administración de medicación en el espacio epidural. Dicho espacio es el que queda entre dos finas láminas que protegen la médula espinal. Normalmente se administra cortisona y anestésicos locales. Su utilidad consiste en que la medicación queda más cerca del problema (al lado de la raíz nerviosa dolorosa) y no se necesita administrar dosis tan elevadas de medicación. Se trata de un procedimiento ambulatorio por lo que se practica durante el día y luego el paciente se va a su casa. La eficacia suele ser mayor cuando se repite varias veces (2-3).
Uno de los grandes problemas dolorosos son los dolores musculares. Las contracturas musculares pueden cronificarse y manifestarse a la larga como endurecimiento muscular, acortamiento muscular y dolor que puede confundirse con el dolor de un nervio o un hueso. Como resultado de ello ese músculo o grupo muscular pierde o reduce su función. Un avance importante ha sido usar una toxina de una bacteria (Clostridium botulinum) sintetizada artificialmente para, aprovechando sus efectos naturales, bloquear y por tanto relajar los músculos contracturados. Es de gran eficacia y sus efectos pueden durar varios meses. Su coste es algo elevado y su uso se reserva para cuando han fallado otros medios, pero siempre debe individualizarse el tratamiento de cada paciente según el caso clínico.
Consiste en la alteración de la transmisión del dolor al cerebro por parte de un nervio periférico mediante la administración de calor. Para ello se usa una aguja con una terminación especial que genera calor. El fenómeno causado según la cantidad de calor y la frecuencia como se aplica (continua o pulsada) será la destrucción del nervio (neurolisis) o su cambio de señal (neuromodulación).
Es un tipo de neuromodulación que consiste en interrumpir el envío de la señal dolorosa a través de la médula hasta el cerebro aplicando unos electrodos que se colocan cercanos a la médula y generan una señal eléctrica programable y regulable por el médico y el paciente.
Dado que es una técnica invasiva de elevado coste, se reserva para dolores resistentes a otro tipo de tratamientos.