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Cómo afrontar la disfagia en el Párkinson y mejorar la calidad de vida

La enfermedad de Párkinson no solo provoca temblor o lentitud de movimientos. También puede afectar a funciones tan básicas como comer y tragar. La Dra. Àngels Bayés, neuróloga especialista en Párkinson del Instituto de Neurociencias de Centro Médico Teknon, aborda este problema en su libro "Que comer sea un placer. 136 recetas exquisitas para afectados de disfagia"Este enlace se abrirá en una ventana nueva, una obra práctica que combina medicina y gastronomía para mejorar la calidad de vida de los pacientes.

¿Qué es la disfagia y por qué es frecuente en el Párkinson?

La disfagia es la dificultad para tragar alimentos o líquidos de forma segura. Puede implicar problemas para masticar, para trasladar el alimento desde la boca hasta el esófago o para evitar que pase a la vía respiratoria.

En el Párkinson, esta alteración se debe a una disfunción neuromuscular que afecta a la coordinación de la musculatura bucofaríngea. El principal riesgo es que el alimento o el líquido penetren en la tráquea o los pulmones, lo que puede provocar infecciones respiratorias o atragantamientos graves.

Según explica la Dra. Bayés, "hay un porcentaje elevado de personas con Párkinson que pueden presentar disfagia, incluso en fases iniciales de la enfermedad, aunque a veces no sean plenamente conscientes del problema".

Señales de alerta: cómo detectar la disfagia

La disfagia no siempre se manifiesta con un atragantamiento evidente. Algunos signos que deben alertar son:

  • Tos al beber líquidos

  • Sensación de que la comida "no baja bien"

  • Cambios en la voz tras comer

  • Infecciones respiratorias repetidas

En muchos casos, es necesario realizar estudios específicos, como la videofluoroscopia, para analizar qué textura de alimentos resulta más segura para cada paciente.

Más allá de las papillas: alimentación adaptada y segura

Tradicionalmente, las personas con disfagia quedaban limitadas a dietas monótonas y poco atractivas. El libro de la Dra. Bayés nace precisamente para cambiar esta realidad.

"Nos daba muchísima pena ver a los pacientes condenados a comer papillas", explica la especialista. El objetivo de la obra es ofrecer recetas sabrosas, visualmente atractivas y adaptadas a diferentes texturas (néctar, miel o pudin), según las necesidades de cada persona.

La clave está en:

  • Lograr una textura homogénea

  • Evitar mezclar diferentes consistencias en un mismo plato

  • Adaptar los líquidos con espesantes cuando sea necesario

  • Cuidar la presentación para estimular el apetito

La pérdida de olfato y gusto, frecuente en el Párkinson, puede reducir el placer de comer. En este contexto, la imagen, el color y la textura adquieren un papel fundamental.

Calidad de vida y autonomía en el Párkinson

Una alimentación segura y adaptada no solo previene complicaciones médicas. También mejora la autonomía y la integración social del paciente.

Poder compartir la misma comida con la familia, disfrutar de una receta atractiva o incluso brindar en una celebración con una versión adaptada de una bebida son pequeños gestos que tienen un gran impacto emocional.

Como destaca la Dra. Bayés, una dieta adecuada puede ayudar a que los pacientes "se sientan más integrados y menos aislados", reforzando su bienestar físico y psicológico.

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Disfagia: un problema que va más allá del Párkinson

Aunque la disfagia es frecuente en la enfermedad de Párkinson, también puede aparecer en otras patologías neurológicas como el ictus, la ELA o determinadas lesiones cerebrales. Por ello, las recomendaciones y recetas del libro pueden resultar útiles para muchas personas con dificultades de deglución.

En un contexto en el que la esperanza de vida aumenta y las enfermedades neurodegenerativas son cada vez más prevalentes, abordar los problemas de alimentación de forma precoz y profesional es esencial.

La publicación de la Dra. Àngels Bayés supone una aportación innovadora que une conocimiento médico y soluciones prácticas para afrontar uno de los síntomas menos visibles del Párkinson. Porque, incluso ante una enfermedad crónica, comer puede seguir siendo un placer.

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